Rally de Francia. Echamos de menos Córcega.

Digan lo que diga la Federación Francesa de Automovilismo y por mucho que Sebastien Loeb se empeñe en defender su tierra natal de Alsacia, la afición sigue echando de menos el Tour de la Corse, un rally mítico y una de las grandes pruebas de la historia del campeonato mundial.

Y no es que el Rally de Alsacia del año pasado fuera decepcionante ni mucho menos. La respuesta del público fue buena, el nivel de la prueba más que aceptable y la emotividad de Loeb consiguiendo su séptima corona mundial en casa (impagable la imagen del podio frebte a la sede de la UE en Estrasburgo) dan fe de que se vivió un gran fn de semana de rallyes. Pero aun así seguimos prefiriendo Córcega.

No se puede justificar el cambio de sede por el hecho de que el rally corso hubiera perdido su antiguo brillo, con tramos menos espectaculares y una considerable reducción del ámbito geográfico del rutómetro. Tampoco nos valen los argumentos de los problemas de seguridad de Córcega (por fortuna, el terrorismo es ya historia) ni del gasto extraordinario que supone a los equipos y a la organización el

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traslado de su infraestructura a una isla (la crisis como excusa). Sabemos que la opinión de Loeb pesa mucho, más que la tradición y la épica del Tour de la Corse.

Para los grandes aficionados, del mismo modo que no se entiende un campeonato mundial sin la tierra de Finlandia, no se puede concebir un calendario sin el asfalto corso. Para nosotros, el rally de las mil curvas sigue figurando como uno de las grandes pruebas de asfalto del mundo, relegado injustamente a un papel secundario. Echamos de menos sus curvas, sus paisajes, sus acatilados, el Mediterráneo de fondo y la sensación de vivir una prueba indómita y exigente.

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